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Móvil

Regina José Galindo

Fecha: 13.11.2010 / 12.04.2011

información

La movilidad como promesa de libertad.

Regina José Galindo pertenece a la generación de artistas que, entre 1998 y principios de 2000, surgió en Guatemala reconociéndose en una escena artística urbana asociada a la música rock, la literatura, los proyectos contra culturales, los eventos públicos y la práctica de lenguajes radicalmente opuestos a cualquier experiencia anterior desarrollada en este país centroamericano. Su generación fue signada por la promesa fallida de los “Acuerdos de Paz” firmados en 1996 y la imagen de un Centro Histórico que había sucumbido al deterioro y el abandono.

Móvil da inicio con un objeto poco familiar en la trayectoria de la artista: un objeto escultórico, un busto en los términos más convencionales. Al ser Galindo una artista reconocida por su proyección en el performance, este busto se eleva como un pequeño monumento a la contradicción. A través de diez años de intensa producción, el cuerpo de Regina José se ha transformado en una presencia y gramática de la memoria colectiva de la cual se quiere saber poco. Mientras un monumento celebra y cosifica un acontecimiento susceptible de ser celebrado y dignificado a través de la perpetuación de fechas y materiales simbólicos, su obra performática, desde su esencialidad efímera, trabaja sobre los hechos inaprensibles, incluso sobre aquellos cargados de culpa y vergüenza que la colectividad tiende a sustraer y colocar como un polo contrario a la cultura. Considerando que la violencia y sus efectos son partes integrales de ésta, la obra de Regina José exige una ética del recuerdo común pero moviendo distintas cuerdas, para escaparse de las concepciones unívocas, de las grandes verdades y de la historia como huella unitaria del acontecer. Iniciar  con un busto monolítico de su propia efigie, es la mejor manera de provocarnos, movilizarnos e introducirnos en un cuerpo de obra que se ha basado en un interés por desmantelar las distintas estructuras de poder que se implican en la cultura de la violencia. Pero, también, en asumir el ejercicio performático como una oportunidad de conectarse con el dolor colectivo exento de culpas y que, en el proceso de comprender sus mecanismos, busca la posibilidad de cerrar su duelo.